Miquel Coll, ingeniero industrial, productor de aceite y presidente de APAEMA desde hace casi una década, es una de las voces más activas en la defensa de la agricultura ecológica en Mallorca. Desde su posición, trabaja en el impulso de un modelo más sostenible y arraigado al territorio, en un contexto marcado por la globalización, la falta de relevo generacional y la creciente presión sobre el suelo rústico.
APAEMA nació para impulsar la agricultura ecológica. ¿En qué punto está hoy este modelo?
La agricultura ecológica lleva años creciendo de forma constante: cada vez hay más operadores, más agricultores y más hectáreas. Es un modelo en crecimiento frente a la agricultura convencional, que está más en regresión. Aun así, la situación general del sector agrario en Mallorca es compleja, con muchos factores externos que dificultan la actividad y con empresas vinculadas al sector que han ido cerrando en los últimos años.
Se defiende que el futuro pasa por la agroecología. ¿Por qué es tan importante este cambio?
La agroecología implica cerrar ciclos y apostar por una agricultura más arraigada al territorio, menos dependiente de factores externos. Ahora mismo vemos cómo el encarecimiento del petróleo afecta directamente a los costes de producción, por ejemplo en fertilizantes. Esto hace que la agricultura convencional sea más cara y más vulnerable. Si dependemos de producir alimentos fuera, nuestra economía y nuestra soberanía alimentaria son más frágiles. Por eso es clave un modelo más integrado, con agricultura y ganadería conectadas.
En los últimos años ha crecido el número de productores ecológicos. ¿A qué se debe esta tendencia?
Gran parte de la gente que se incorpora al sector ya lo hace directamente en ecológico. No se plantean el modelo convencional porque hay demanda. De hecho, Baleares es la comunidad con mayor consumo de producto ecológico, pero no tenemos suficientes productores para cubrirla, sobre todo en producto fresco.
A pesar de este crecimiento, todavía hay dudas. ¿Qué barreras existen?
Hay barreras generacionales y también de desconocimiento. La edad media del agricultor convencional es muy alta, y cambiar de modelo a esas edades cuesta. Además, mucha gente piensa que la agricultura ecológica es menos productiva o menos rentable, y eso es por desconocimiento. Tiene sus particularidades, requiere aprendizaje, pero cuando se domina, los resultados son buenos.
¿El acceso a la tierra es uno de los grandes problemas?
Es el principal problema. El suelo rústico se está convirtiendo en un bien inmobiliario. Si puedes construir en parcelas de 14.000 metros, al final lo que haces es convertirlas en solares. Esto hipoteca el futuro agrario de la isla. Además, cada nueva vivienda implica consumo de agua, muchas veces destinado a jardinería y no a producción alimentaria. Estamos mirando la rentabilidad a corto plazo sin ver las consecuencias.
¿Por qué es clave el modelo asociativo?
Porque de forma individual es muy difícil competir en un mundo globalizado. Asociarnos nos permite tener dimensión, organizarnos mejor y llegar más lejos de lo que podríamos por separado.
¿Cómo afecta la globalización al sector agrario balear?
Nos afecta directamente. No estamos protegidos. Competimos en un mercado global con productos que no tienen que cumplir las mismas normativas ambientales o sociales que nosotros. Eso hace que no compitamos en igualdad de condiciones.
¿Qué iniciativas impulsa APAEMA para fortalecer el sector?
Hemos impulsado proyectos como la cooperativa de Pagesos Ecològics de Mallorca, que ha permitido comercializar producto ecológico que antes no tenía salida. También hemos desarrollado proyectos para coordinar la producción hortícola y llegar a grandes distribuidores, hoteles o restauración. Tenemos el Obrador, que permite transformar producto y darle valor añadido, y proyectos como Pastura Plus, sobre agricultura regenerativa.
Más allá de producir alimentos, ¿qué papel tiene la agricultura en el territorio?
Es un papel básico. Los agricultores gestionan entre el 70% y el 80% del territorio. Si la actividad no es rentable, ese territorio se abandona o cambia de uso. Y esa conservación del paisaje no se remunera, a pesar de que es una imagen clave para el turismo. El problema es que los sectores económicos más fuertes no apuestan suficientemente por el producto local.
¿Qué relación debería existir entre turismo y sector primario?
El turismo debería ser tractor del sector agrario. Igual que en su día hubo inversiones para desarrollar el turismo, debería haber una relación más directa que permitiera al sector primario crecer. Ahora mismo los márgenes son tan bajos que no se puede invertir ni innovar, y eso limita mucho el desarrollo.
¿Cómo se puede atraer a los jóvenes al campo?
Es complicado si el sector ofrece bajos rendimientos, mucho sacrificio y condiciones duras. No hay horarios, no hay fines de semana. Si no hacemos el sector más atractivo, no habrá relevo. Pero esto también pasa en otros oficios: panaderos, electricistas… es un problema más amplio.
¿Eres optimista con el futuro del sector agrario en Mallorca?
Estamos en un momento crítico. Si no se toman medidas valientes, en 10 o 15 años quedarán muy pocos agricultores. Probablemente quedarán explotaciones grandes, pero desaparecerá el modelo más tradicional. Y es una cuestión que como sociedad deberíamos plantearnos: si queremos mantener el territorio, el paisaje y todo lo que representa la agricultura, tenemos que apostar por ello.
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