Guillem Ferrer asumió la dirección de Cáritas Diocesana de Menorca hace más de una década tras una trayectoria ya vinculada al compromiso eclesial y social de la isla. Desde entonces, lidera una organización que combina acción directa con personas en situación de exclusión, proyectos de inserción laboral y una apuesta clara por la economía social, el medioambiente y la dignidad humana.
¿Cómo llegó a dirigir Cáritas Menorca?
Fue una elección del Obispado, hace ya casi 11 años. Se trató de sustituir con urgencia a una persona con una enfermedad, y acepté por mi vínculo con la Iglesia menorquina y con el proyecto de Cáritas. Además, Cáritas Diocesana de Menorca ya tenía un recorrido sólido, con mucho compromiso social y una clara apuesta por la economía social, lo que reforzó mi decisión.
¿Cuáles son los principales problemas sociales de la isla actualmente?
Diría que, sobre todo, la vivienda y el empleo digno. Son los dos grandes focos en los que nos centramos como entidad del tercer sector y desde nuestra labor en economía social. Formamos a personas en situación de exclusión o en riesgo, ya sean de aquí, de otros puntos del Estado o personas migrantes. Pero no solo se trata de encontrar un techo, sino de poder echar raíces. Siempre digo que los tres grandes pilares para salir de la exclusión son: vivienda, trabajo y relaciones humanas. Y si bien en lo relacional podemos acompañar bien, sin una casa y un empleo digno, todo se tambalea. Por eso trabajamos para darles formación y herramientas reales para salir adelante.
¿Qué colectivos están actualmente en una situación más vulnerable?
Sobre todo, el colectivo migrante y las familias monoparentales, especialmente mujeres solas con hijos. A menudo, ambos factores coinciden. También atendemos a personas con adicciones, situaciones de sinhogarismo o con escasa red social, lo que las deja fuera del sistema. Muchas veces, estas personas no tienen las herramientas necesarias para desenvolverse en este siglo XXI que hemos construido.
¿Algún proyecto actual que esté teniendo un impacto especial?
Sí, destacaría la Escuela Restaurante de Es Mercadal. Nació tras detectar, junto a las patronales CAEB y PIME, una gran demanda de formación en hostelería después de la pandemia. Ocupamos un restaurante menorquín tradicional que estaba cerrado y lo transformamos en un espacio formativo con cursos básicos de cocina y sala para 24 personas al año. Además, gracias a nuestra empresa de inserción Mestral, abrimos el restaurante al público un día a la semana y también elaboramos menús para escoletes y escuelas. Es una iniciativa de impacto real, con inserciones laborales y transformación personal.
También llevan a cabo el programa Paidós, ¿qué nos puede contar de él?
Paidós es como un hogar, pero sin residencia. Lo impulsó Cáritas Barcelona y lo trajimos a Ciutadella, con intención de abrir pronto otro en Maó. Atendemos a unas 20-25 familias con menores de hasta 12 años en situación de exclusión. Allí se trabaja lo cotidiano: cocinar, lavadoras, higiene, sentarse en el comedor. Se trata de recuperar lo básico de la vida familiar y acompañar desde ahí, con educadores y psicólogos, ayudando a crear redes entre familias y reforzar el sentido de comunidad.
¿Y el proyecto de Arbres d’Algendar?
Es uno de nuestros proyectos más queridos, aunque con poco apoyo institucional. Se ubica en el Barranc d’Algendar, un pulmón verde emblemático. Llevamos años recuperando más de 80 variedades frutales autóctonas. Es un espacio no comercial, pero sí muy simbólico, donde combinamos recuperación medioambiental con inclusión social. Acogemos a personas que necesitan un tiempo, un taller, un entorno sin wifi donde reconectar con la tierra… y consigo mismas.
¿Cuál es el papel del voluntariado en Cáritas Menorca?
Es nuestro corazón. Actualmente contamos con unos 250 voluntarios, el 78 % mujeres, la mayoría ya en edad cercana a la jubilación. Se reparten entre parroquias, tiendas de ropa y muebles de segunda mano, reparto de tarjetas alimentarias, acompañamiento jurídico o social… También colaboran en proyectos con infancia y tercera edad. Cada año se incorporan entre 50 y 60 nuevos voluntarios, y su implicación es clave para que podamos seguir adelante.
¿También trabajáis en cooperación internacional?
Sí, tenemos presencia en Líbano y Palestina. En el Líbano, colaboramos desde hace años con campos de refugiados. En Palestina, especialmente en Ramallah y Belén, apoyamos a mujeres refugiadas que lideran pequeños negocios. Lo hacemos en red con otras Cáritas y con el Fons Menorquí de Cooperació. Con Gaza hemos perdido contacto por el conflicto, pero esperamos poder retomar los proyectos cuando termine esta tragedia lo antes posible.
¿Qué es la red “Empreses amb cor”?
Es una iniciativa para canalizar la solidaridad del mundo empresarial. Queremos que las empresas vean que Cáritas es mucho más que ropa o alimentos. Buscamos dar segundas, terceras… o las oportunidades que hagan falta a quienes están excluidos. Tenemos ejemplos como ARTIEM, que ha dedicado habitaciones solidarias en sus hoteles cuya facturación va íntegramente a proyectos de Cáritas. O el proyecto “Mesa con corazón”, donde 15 restaurantes colaboran donando lo recaudado en una mesa concreta. Así, el cliente también puede colaborar.
¿Cómo se imagina Cáritas Menorca en el futuro?
Como reflejo de la realidad social que vivamos. Cáritas no puede mirar a otro lado: tenemos que responder a las necesidades de nuestra tierra. Veo un futuro centrado en el acceso a la vivienda, la formación e inserción laboral y el cuidado de la madre Tierra. La sostenibilidad y el medioambiente también deben ser prioridad. Porque si no cuidamos Menorca, no será atractiva ni para los de fuera ni para los propios menorquines.
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