En Balears, el agua es un recurso tan valioso como escaso. Cada verano, la demanda se dispara y garantizar el suministro se convierte en un reto. La Agencia Balear del Agua (ABAQUA) coordina un sistema que une tecnología y planificación: capta agua del mar y del subsuelo, la potabiliza, la almacena y la reparte con un objetivo claro: ofrecer un servicio seguro, sostenible y de calidad durante todo el año.
En unas islas rodeadas de mar pero con poca agua dulce, la gestión del agua es casi una cuestión de supervivencia. Las lluvias son irregulares, los acuíferos están bajo presión y el turismo multiplica la demanda cada verano. En este contexto nació ABAQUA, la Agencia Balear del Agua, una entidad pública que planifica, construye y gestiona infraestructuras hidráulicas esenciales: desde las grandes desaladoras hasta los depósitos que abastecen a los municipios. Su trabajo es silencioso pero decisivo: garantizar que, por mucho que crezca la población o apriete la sequía, el grifo siga funcionando y el agua cumpla siempre los mismos estándares de calidad.
Detrás de cada vaso de agua hay un recorrido invisible. El viaje empieza en dos puntos distintos: el mar y los acuíferos. En las desaladoras —las conocidas IDAM— el agua marina se somete a un proceso de ósmosis inversa. Primero se filtra la arena y las impurezas; luego, la presión separa las sales del agua dulce a través de membranas especiales. Después, se ajusta su composición para que cumpla con todos los requisitos de potabilidad antes de almacenarla en grandes depósitos. Lo que sobra, una salmuera concentrada, se devuelve al mar de forma controlada, con sistemas que aseguran su correcta dilución y sin impacto ambiental.
Las plantas de ABAQUA han mejorado mucho en los últimos años. Incorporan sistemas de recuperación de energía que aprovechan la presión del proceso de desalación para consumir menos electricidad. También usan sensores y control remoto para supervisar en tiempo real todo lo que ocurre dentro de las instalaciones. En un contexto de cambio climático y transición energética, la eficiencia es tan importante como la cantidad.
En tierra, la gestión es igual de precisa. Los acuíferos siguen siendo una fuente fundamental, pero se extrae solo lo necesario. ABAQUA controla los niveles de agua subterránea y regula su uso: cuando los pozos se recuperan, se reduce la extracción; cuando baja la reserva, entra en marcha el agua desalada. Así se evita la sobreexplotación y se protege el equilibrio natural. En Mallorca, por ejemplo, las captaciones de Sa Costera y s’Estremera se complementan con el agua de las tres desaladoras —Palma, Alcúdia y Andratx—, adaptando el sistema según la época del año.
Una vez tratada, el agua se impulsa por una red de conducciones y estaciones de bombeo que atraviesan las islas. ABAQUA suministra “en alta”, es decir, hasta los grandes depósitos municipales. A partir de ahí, los ayuntamientos distribuyen “en baja” hasta los hogares. Es un sistema flexible, que permite redistribuir caudales cuando hay picos de consumo o en situaciones de sequía. Ibiza, por ejemplo, estabiliza su red gracias a la conexión entre sus tres desaladoras; Formentera obtiene todo su suministro del mar; y Menorca refuerza su seguridad hídrica con la planta de Ciutadella.
La clave está en la planificación. Desde su creación en 2005, ABAQUA trabaja con una visión global del ciclo del agua: abastecimiento, saneamiento y depuración forman parte de la misma estrategia. Cada decisión cuenta: desde cuándo activar un bombeo hasta cómo planificar las paradas técnicas de mantenimiento. La Directiva Marco del Agua marca el rumbo: proteger los ecosistemas, usar los recursos de forma responsable y garantizar transparencia en la gestión.
El control de calidad es constante. Cada planta y depósito dispone de equipos que analizan el agua a diario y ajustan los niveles de desinfección. Un fallo en una bomba o una variación en los cloruros activa alertas automáticas y equipos de mantenimiento. Todo está monitorizado. Esa precisión técnica, poco visible pero decisiva, asegura que el agua tenga siempre el mismo sabor y la misma calidad, en enero o en pleno agosto.
La sostenibilidad también empieza en la costa. Durante el verano, una flota de embarcaciones limpia la franja litoral para retirar residuos flotantes. Mantener un litoral limpio protege las tomas de captación y los emisarios de salmuera, y refuerza la imagen de un destino que vive del mar. Cuidar el entorno no es un añadido, sino una parte esencial del ciclo.
ABAQUA también mira al futuro. Desarrolla herramientas digitales para gestionar el sistema de forma más inteligente y proyectos de economía circular que reduzcan la huella energética. La reutilización de aguas regeneradas, la captación de lluvia y la integración de energías renovables en las plantas son las próximas metas.
El resultado es un modelo en constante evolución. Cuando el turismo llena las islas, las desaladoras aumentan su producción; cuando llueve y los acuíferos se recuperan, el sistema reduce su ritmo. Ibiza ha conseguido frenar la salinización de pozos, Formentera ha eliminado la dependencia de su acuífero, y Mallorca puede garantizar suministro incluso en los veranos más secos.
Así, el agua de Balears es fruto de un equilibrio delicado entre ciencia, tecnología y responsabilidad pública. Del mar al grifo, ABAQUA mantiene en marcha un sistema que no se ve, pero del que depende todo: el paisaje, la vida cotidiana y el futuro de unas islas que han aprendido que cada gota cuenta.
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