Entrevistamos a Victòria Cantarellas Sancho, arqueóloga del Servicio de Patrimonio del Consell Insular de Menorca, quien ha seguido la intervención de la Torre de Rambla (Maó). Declarada BIC y ubicada en el Parque Natural de s’Albufera des Grau, la fortificación sufría un deterioro acelerado por la acción marina. La actuación —financiada con el Impuesto de Turismo Sostenible— ha priorizado la consolidación estructural mínima, manteniendo su lectura en semirruina y utilizando materiales compatibles para preservar su autenticidad histórica.
¿Cuál era el estado de la Torre de Rambla antes de iniciar las obras?
Presentaba una degradación severa en los paramentos exteriores, con erosión del marès y desprendimientos de sillares y mampostería. En la planta baja se habían perdido partes de la bóveda y una fracción relevante de los cantos interiores; el proceso de meteorización avanzaba rápido y comprometía la estabilidad del conjunto.
¿Qué riesgos existían si no se actuaba a tiempo?
Además del peligro para la seguridad por caídas de material, el bien corría el riesgo de perder elementos originales de forma irreversible. En este tipo de procesos, cuando la degradación se acelera, cada temporal de viento y salinización agrava el daño y reduce las posibilidades de conservación auténtica.
El proyecto mantiene la torre en “estado de semirruina”. ¿Por qué esta opción y no una reconstrucción completa?
Porque la torre conserva elementos originales valiosísimos y la prioridad fue preservar la autenticidad. Se consolidó la estructura sin restituir toda la volumetría: el objetivo era que el bien se leyera tal como ha llegado hasta nosotros, evitando añadir piezas cuya posición original no pudiera acreditarse con certeza.
¿Cómo se equilibró ese respeto histórico con la seguridad estructural?
Se reforzaron los encadenados verticales de sillares de marès —el “esqueleto”— y, en lugar de recomponer con piedra todo el relleno, se empleó mortero de cal compatible para aportar consistencia. Así se estabiliza el conjunto con una intervención mínima, legible y reversible en lo posible, conforme a la normativa y a las cartas internacionales de restauración.
¿Qué materiales y técnicas se utilizaron y con qué criterios?
Se partió del estudio y análisis de morteros para garantizar compatibilidad con el soporte pétreo. Se reutilizó, siempre que fue posible, la piedra original caída junto a la torre; cuando no, se seleccionaron sillares de marès con características lo más próximas a los originales. Se diferenciaron claramente los añadidos respecto a lo preexistente para asegurar su lectura histórica.
¿Hasta qué punto se pudo reemplear material original?
Buena parte del material desprendido en el entorno de la torre se reincorporó, especialmente en zonas donde se podía deducir con rigor su ubicación. En los encadenados que lo requerían, se sustituyeron piezas por otras nuevas de marès, priorizando compatibilidad y desempeño estructural.
¿Cuáles fueron los principales retos técnicos o logísticos de la obra?
La accesibilidad: el enclave está en costa rocosa, con fuerte pendiente, dentro del Parque Natural y del dominio público marítimo-terrestre. El transporte rodado era inviable y la alternativa marítima, compleja; por eso fue necesario el uso de helicóptero para movilizar materiales y equipos con seguridad y mínima afección.
La torre sufre un clima marino muy agresivo. ¿Qué medidas garantizan la durabilidad?
Se aplicaron revestimientos y morteros de cal formulados a partir de ensayos, incorporando áridos adecuados para resistir humedad y salinidad. La solución es coherente con la fábrica original y admite mantenimiento a largo plazo: la clave es compatibilidad material, transpirabilidad y revisiones periódicas para pequeñas recalibraciones.
¿Qué aporta esta consolidación al patrimonio menorquín?
Integra la torre en un relato amplio: forma parte de una red de once torres británicas (1798–1802) que articulaban la defensa de los puntos vulnerables de la costa. Conservar su autenticidad ayuda a comprender mejor el legado británico y la singularidad de Menorca, y suma un hito patrimonial a un paisaje ya protegido.
¿Cómo se incorpora a la oferta cultural y turística del municipio?
Su ubicación en el Parque Natural de s’Albufera des Grau y junto al Camí de Cavalls permite enriquecer rutas senderistas que combinan paisaje y patrimonio. La torre, estabilizada y legible, se convierte en un recurso de interpretación accesible para residentes y visitantes que recorren el litoral de Maó.
¿Qué usos están previstos y cómo se interpretará para el público?
No se contempla un uso interior: el valor está en su lectura paisajística y educativa. Ya se han instalado paneles interpretativos que explican contexto histórico, función defensiva y organización interna de espacios, con apoyo de fotogrametrías para facilitar la comprensión in situ.
Para terminar, ¿qué mensaje trasladar a quien se acerque a la Torre de Rambla?
Que entienda la torre como parte de un conjunto único en el Mediterráneo y como un testimonio de capas históricas diversas. Conservarla “tal cual” permite disfrutar del paisaje y, a la vez, aprender por qué este legado es irremplazable para Menorca.
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