Un tren hasta el mar: la nueva línea a Alcúdia que quiere cambiar la movilidad de Mallorca Un tren hasta el mar: la nueva línea a Alcúdia que quiere cambiar la movilidad de Mallorca

Mejora del Destino

Un tren-tranvía hasta el puerto promete menos coches, más aire limpio y una nueva forma de moverse por el norte de la isla.

El futuro tren entre Sa Pobla y el Port d’Alcúdia no es solo una obra de ingeniería: es una declaración de intenciones. Con una inversión de 225 millones de euros, 17 kilómetros de recorrido —cinco de ellos bajo los montes de Son Fe y Sant Martí— y la promesa de llegar al mar en 2031, el proyecto busca aliviar carreteras, conectar bahías y demostrar que la sostenibilidad también viaja sobre raíles.

El proyecto de llevar el tren hasta Alcúdia tiene algo de deuda histórica y mucho de pragmatismo contemporáneo. Deuda, porque la isla acaricia esta idea desde el siglo XIX, cuando el ferrocarril se extendió hacia Manacor e Inca y ya se hablaba de “tocar el mar” en la bahía alcudienca. Pragmatismo, porque hoy la saturación viaria en temporada alta pide soluciones capaces de mover a miles de personas de forma segura y limpia.

La propuesta es híbrida: tren potente en campo abierto; tranvía integrado a 30 km/h al entrar en el municipio, con paradas en la Avinguda del Tucà, la Platja d’Alcúdia, el polideportivo, una estación conectada por vial cívico con el casco histórico y final ante la estación marítima. La promesa de tiempos es tan concreta como atractiva: trece minutos de Sa Pobla a la primera parada de Alcúdia y veinticuatro hasta el puerto comercial, con aparcamientos disuasorios repartidos para dejar el coche a tiempo y conexiones directas con la red TIB que hagan fácil la combinación.

El corazón técnico del trazado late bajo tierra. Cinco kilómetros de túnel por los puigs de Son Fe y Sant Martí permiten esquivar el Parc Natural de s’Albufera y reducir afecciones a terceros, un giro de guión frente a intentos pasados que encallaron precisamente por su impacto. El resto del recorrido, a cielo abierto, combina tramos ferroviarios con el comportamiento urbano de un tranvía que convive con peatones y bicicletas y devuelve al espacio público algo de calma. Es la pieza que faltaba para enlazar interior y costa y, de paso, para unir mejor Mallorca y Menorca con el tren hasta el puerto y el ferry a Ciutadella en la misma secuencia, sin depender del coche.

La mirada sostenible no va solo de raíles, va de hábitos. Un tren que llega “cuando toca” todo el año y no solo en verano es el que cambia rutinas y emisiones. Por eso, más allá del hormigón, el éxito dependerá de frecuencias, horarios y tarifas pensadas para trabajadores, estudiantes y visitantes, y de detalles que multiplican su utilidad: carriles bici que conecten estaciones con barrios y centros educativos, lanzaderas de alta frecuencia hacia urbanizaciones, y un diseño de paradas que haga atractivo caminar los últimos metros. El plan ya recoge cinco aparcamientos disuasorios —uno junto a la nueva estación, más céntrica, de Sa Pobla— y la intermodalidad con el TIB.

También es un proyecto con memoria. Alcúdia ya conoció un tren, aunque no de pasajeros: en los años cuarenta, un ferrocarril industrial de poco más de dos kilómetros unió la cantera de Alcanada con el puerto para ampliar el dique. La locomotora circulaba pegada a la costa; hoy no queda rastro de ella, salvo algunas fotografías y la anécdota de que algunos raíles procedían —según se contó— del intento fallido de prolongar la línea de Sa Pobla.

Antes, en 1939, otro plan quiso llevar por razones militares el tren hasta Alcúdia y la base de hidroaviones de Pollença. Se expropió suelo, se abrió una trinchera que cortó el barrio romano de Sa Portella en Pol·lèntia y, sin embargo, la obra se detuvo en 1940 y se abandonó en 1968. Ese corte, por cierto, podría convertirse ahora en jardín de inspiración romana y pasillo verde hacia un futuro centro arqueológico en Sa Tanca de Can Domènech: una vía que, paradójicamente, el tren nunca llegó a usar.

No faltan las cautelas. Sa Pobla ha pedido consenso y estudio de alternativas; desde ámbitos ecologistas y municipalistas se sugiere acercar el trazado a viales ya existentes, explorar la continuidad por la carretera de Artà para unir la bahía y acompasar todo con buses lanzadera regulares, además de redes ciclistas que garanticen accesos seguros. Es una invitación a ajustar el proyecto para evitar cicatrices innecesarias que deberá ser estudiada.

El calendario, ambicioso, dibuja la siguiente secuencia: aprobación inicial del estudio informativo y exposición pública, adjudicación de proyectos, proyecto básico con evaluación ambiental, obras a partir de 2028 y estreno en 2031. La inversión de 225,5 millones exige una mirada a largo plazo: menos coches en los accesos, menos embotellamientos en los meses estivales, más aire limpio en una zona que vive de su paisaje y su hospitalidad. Y una puerta de entrada a playas, casco histórico y puerto, con previsibilidad de tiempos que agradecerán tanto quienes trabajan como quienes visitan.

En el fondo, este tren no es solo una línea sobre el mapa, sino una forma de reconciliar la isla con su propia historia ferroviaria: aquella que un día rozó el mar con una locomotora industrial y otra que, durante décadas, soñó con llegar a la bahía y se quedó a medio camino. Si esta vez consigue culminarse, el norte de Mallorca podrá por fin moverse de forma distinta. Y eso, para un destino que quiere ser sostenible de verdad, es quizá la mejor noticia.

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