Sobre el Puig d’Alaró, a más de 800 metros de altura, se alza una de las fortalezas más emblemáticas de Mallorca. El Castell d’Alaró, mencionado por primera vez en crónicas árabes del siglo X, ha sido escenario de batallas, leyendas y devociones populares. Entre la historia documentada y el mito, sus piedras guardan la memoria de siglos de ocupación, resistencia y transformación.
El Castell d’Alaró se levanta en un enclave estratégico de la Serra de Tramuntana, dominando el paisaje desde una roca escarpada que lo convirtió, durante siglos, en casi inexpugnable. Es uno de los tres castells roquers de Mallorca —junto a los de Santueri y el Rei— y su existencia está documentada ya en el siglo X, cuando las crónicas árabes lo mencionan como Hisn Alarum, “fortaleza de los cristianos”. El nombre no era casual: durante la invasión musulmana, resistió más de ocho años de asedio antes de caer, un símbolo temprano de su carácter defensivo. Los restos arqueológicos hallados en la zona, sin embargo, demuestran que la ocupación es mucho más antigua: hay evidencias de presencia talayótica, así como vestigios romanos y bizantinos, lo que confirma que este risco se utilizaba como punto de vigilancia desde hace milenios.
Tras la conquista cristiana de Mallorca, el castillo se consolidó como bastión militar y pronto protagonizó uno de los episodios más recordados de la Edad Media mallorquina: la resistencia de Guillem Cabrit y Guillem Bassa. En 1285, durante el conflicto entre el reino de Mallorca y la Corona de Aragón, ambos defendieron la fortaleza frente a las tropas de Alfonso III en nombre de Jaume II. La leyenda asegura que Alfonso se presentó en el castillo como “Anfós d’Aragó”. Ante la orden de rendirse, respondieron con sorna: “Aquí solo conocemos al rei En Jaume, y el anfós es un pescado que se come con alioli”. La burla encendió la ira del monarca, que ordenó asarlos vivos “como cabritos”. Su martirio tuvo tal impacto que, durante siglos, fueron venerados como héroes populares. De hecho, el propio Papa Martín IV llegó a excomulgar al rey aragonés por su brutal represalia. Hoy, sus nombres siguen inseparables de la memoria del castillo, y las reliquias atribuidas a ambos se conservan en el oratorio del recinto.
La estructura actual del Castell d’Alaró, tal como se aprecia en sus ruinas, es fruto de varias fases constructivas entre los siglos XIV y XV. Todavía se distinguen tramos de murallas, cinco torres defensivas y la torre del homenaje, conocida popularmente como es Constipador —nombre que, según la tradición, se debe al viento constante que azota la cima y “constipa” a quienes permanecen allí demasiado tiempo. Pero el carácter del enclave cambió radicalmente en el siglo XVII, cuando se levantó el oratorio de la Mare de Déu del Refugi. El antiguo bastión militar se transformó entonces en un lugar de culto y destino de peregrinaciones locales. Durante generaciones, los vecinos de Alaró y municipios cercanos subían cada primer domingo después de Pascua en romería para honrar a la Virgen y recordar a los mártires Cabrit y Bassa.
Más allá de las crónicas militares y religiosas, el valor patrimonial del castillo es también arqueológico y natural. En el interior del recinto aún pueden verse aljibes, hornos y cisternas que aseguraban la subsistencia durante largos asedios, así como la enigmática “Torre de sa Cova”, parcialmente excavada en la roca y utilizada como prisión medieval. Además, el entorno inmediato del castillo forma parte de la red Natura 2000, catalogado como Lugar de Interés Comunitario y Zona de Protección para las Aves. La cima alberga especies endémicas de la Tramuntana, y no es raro avistar halcones peregrinos sobrevolando las murallas derruidas, como un eco vivo del pasado guerrero del enclave.
El Castell d’Alaró ha atravesado siglos de abandono parcial, intentos de restauración y cambios de gestión. En 1931 fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC), uno de los primeros monumentos mallorquines en recibir esta protección. Hoy su conservación depende de la Fundación Castell d’Alaró, que coordina esfuerzos entre la diócesis, el Ayuntamiento y propietarios privados. Pero mantenerlo en pie no significa solo preservar sus piedras: también implica proteger las leyendas, los documentos históricos y las tradiciones que le dan sentido.
El Castell d’Alaró es, en definitiva, mucho más que una fortaleza medieval. Es un lugar donde se entrelazan historia, mito y naturaleza: un espacio que ha sido talayot, bastión, santuario, prisión y refugio espiritual. Sus ruinas hablan de batallas y conquistas, pero también de devoción, resistencia y memoria colectiva. Desde lo alto de la Tramuntana, este antiguo centinela de roca guarda silenciosamente las huellas de quienes lo habitaron y defendieron, proyectando hacia el presente un patrimonio esencial para comprender Mallorca.
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